viernes, 22 de julio de 2011





“Un héroe es todo aquel que hace lo que puede cuando los demás no hacen nada”, Romain Rolland

No es habitual encontrar dentro de las colecciones de literatura juvenil propuestas tan arriesgadas como ésta que muestra la difícil convivencia entre un niño y el asesino de sus padres.

Lo asombroso del relato es cómo la autora narra la evolución psicológica de los personajes. El asesino llegará a sentir verdadero aprecio por ese niño al que se ve impelido a criar, hasta el extremo de pedirle que lo llame padre. Por su parte, el niño, poco a poco irá descubriendo que ese ser frío, calculador y homicida es capaz de emocionarse o llorar. Bajo esa costra de inmundicia se esconde un corazón, pero no es un corazón normal; es un corazón que no ha sentido nunca el engranaje de los sentimientos. Durante muchos años, lo único que ha hecho Ángel Alegría es luchar por su supervivencia, sin conciencia.



Sin necesidad de negociación, puesto que el niño no supone ningún peligro para el adulto, ambos se irán poco a poco acostumbrando a moverse por el reducido espacio de las emociones del otro, hasta que se forje una coexistencia digna, y ambos comiencen a sentir curiosidad por el otro.



La escritora Anne-Laure Bondoux, ganó con “Las lágrimas del asesino” el prestigioso premio  Sorcières, en el 2004, que reconocía ante todo el trabajo de creación del libro, no obstante para ella el mejor premio fue el beneplácito de los adolescentes que se sintieron conmovidos por esa transformación del asesino, al que terminan concediendo el beneplácito de la duda.



La historia comienza cuando Ángel Alegría llega hasta el confín de Chile huyendo de sus crímenes pasados. Su vida hasta ese momento se ha visto  marcada por la carencia  y la humillación constante. Siempre ha sido un asesino y se ha creado un código peligroso y perpetuo, el que marca la violencia. Sin embargo, y tras el asesinato de los  padres de Paolo, se ve incapaz de matar al niño y decide confiscarlo para que viva a su servicio.

 Después llegará Luís, otro ser desarraigado, que huye de sus miedos y busca el aislamiento. Entre los tres se crea un espacio prodigioso, una nueva razón  guiará los  movimientos de los dos adultos, entre los que establece una pelea muy sutil, ambos destierran las fisuras de su experiencia pasada con la esperanza de ganarse el aprecio del chico.

 La existencia de Ángel se va llenando de dignidad ante el coraje del niño que es capaz de llamarlo papá para evitar que mate a Luís y vuelva el terror de la violencia. Luís adiestra al chico, le enseña libros y pretende enseñarle a leer, lo que provoca el terror de Ángel, quien vuelve a sentirse amenazado, siente que le están arrebatando al chico y no está dispuesto a consentirlo.



La necesidad de ir a la ciudad parece presagiar la catástrofe. Ángel volverá a sentir el deseo de confiscar la libertad,  ese instinto asesino y Luís volverá a someterse a sus debilidades hasta el punto de huir nuevamente, en este caso, acompañado de una joven que se aventura a fugarse con él al territorio ilusorio de lo desconocido.



En un momento dado, el niño manifiesta su deseo de lanzarse al  precipicio,  un espacio blanco y vacío que se cierne ante él como la única salvación posible. El asesino, aterrorizado, lo salvaguarda del peligro, consigue que renuncie a preguntarse sobre lo que lo rodea o siente; lo separa de la fuga más íntima. Y cuando el niño ve como Luís se dispone a huir percibe cuán ecuánime es la vida que le permite permanecer al lado de Ángel.  Ángel  se ha ganado  el reconocimiento del niño quien no teme al futuro, un niño que únicamente escucha su voz y en el que proyecta toda su nueva identidad pese a que es consciente de que en cualquier momento puede transfigurarse y retornar la ira pasada.  Sin embargo el poder del niño le desnuda y aleja de lo que ha sido.



Con un lenguaje desnudo Bandoux se interesa por esa conciliación que supone la transformación de un asesino en casi un padre para un niño, quien desterrará el odio  y cuya progresión se va enriqueciendo gracias a la sombra del asesino de sus padres que lo protege día a día.  El impactante juego de contraluces entre los protagonistas y su entorno retrata al hombre paradójico, caótico, contradictorio, capaz de crecer. Los instintos se pliegan y se redescubre la complejidad laberíntica del alma humana.







En cuanto las primeras gotas se estrellaron en el polvo y en la lengua de Paolo, Ángel Alegría sacó su navaja y la clavó en el cuello del hombre, a continuación, en el de la mujer. En la mesa, se mezclaron la sangre y el vino, enrojeciendo para siempre las profundas ranuras de la madera.

Ese no era el primer crimen de Ángel. En el lugar de donde venía, la muerte era moneda corriente. Ponía fin a las deudas, a las disputas de borrachos, a las infidelidades de las mujeres a las traiciones de los vecinos o, simplemente, a la rutina de un día sin distracción. Esta vez era el final de un vagabundeo de dos semanas. Ángel estaba harto de dormir al raso, de hir cada mañana un poco más hacia el sur. Había oído decir que esa casa era la última antes del desierto y del mar, el refugio ideal para un hombre buscado: allí era donde quería dormir.

Cuando el pequeño Paolo volvió, calado hasta los huesos, descubrió a sus padres tirados en el suelo, y comprendió. Ángel le esperaba con la navaja en la mano.

-Ven aquí- le dijo.

Paolo no se movió. Vio la hoja manchada, la mano que la empuñaba, el brazo que no temblaba. Sobre el tejado de chapa ondulada, la lluvia parecía tocar el tambor, como en el circo antes del salto mortal de los trapecistas.

-¿Cuántos años tienes? – preguntó Ángel.

- No sé.

-¿Sabes hacer una sopa?

El hombre apretaba el mango de la navaja, pero no llegaba a decidirse. El niño, muy pequeño, muy sucio, muy mojado, estaba allí de pie, ante él, y el no podía imaginarse cómo poner fin a su vida. Un inesperado latido de su conciencia, o quizá un poco de compasión retuvo su brazo.

-Nunca he matado a un niño- dijo.

-Yo tampoco- contestó Paolo.

Esta respuesta arrancó una sonrisa a Ángel.

-¿Sabes hacer una sopa, si o no?

-Creo que sí.

-Entonces, hazla para mí.

Ángel guardó la navaja. Apartó con cierto alivio al chico. Se decía que no merecía la pena matarlo. El pequeño no le impediría dormir ahí, y además, resultaría de ayuda, porque le enviaría al pozo a buscar agua, en lugar de ir él.



Ángel alegría era buscado por la policía de Talcahuano, de Temuco y de Puerto Natales. En las tres ciudades había asaltado a ancianos, extorsionado a jóvenes y asesinado a los que le habían estorbado. Sus víctimas no tenían rostro y él mismo nunca había tenido ocasión de mirarse al espejo. Su mundo estaba poblado de siluetas, de sombras amenazantes que espantaba como si de una nube de moscas se tratara.

De pequeño había visto morir a su padre. Respecto a su madre, apenas la había conocido. Desde muy pronto, se había tenido que desenvolver solo para sobrevivir, siguiendo la ley de la calle y de la miseria.

Jamás había poseído otra cosa que su navaja y su fuerza física, el dinero robado corría entre sus dedos como el agua de los torrentes. Una o dos veces había creído estar enamorado de una mujer, sin que eso aplacara su temperamento irascible. Estas historias habían acabado como el resto, en catástrofe, en gritos de dolor y en carreras por la escalera de incendios. Ángel Alegría no era una persona recomendable y, menos aún, para educar a un niño.

Y  sin embargo, vivía con Paolo, en la casa del fin del mundo, rodeada por los vientos, las lluvias, las nieves y los cielos. Paolo, pequeño e ignorante, no tenía mucha elección. El asesino se había instalado en su casa y tenía que convivir con él.

…

-Llámame papá- mandó.

- No.

-Te lo ordeno

- Mi padre está ahí abajo- replicó Paolo señalando el montículo.

Ángel se dio la vuelta. Esa tumba, en medio del hermoso camino que conducía al huerto, le atormentaba. Su presencia silenciosa le recordaba sin cesar que había cometido errores. Era la prueba de su crueldad, de su estupidez, de su impotencia. De vez en cuneado, Paulo depositaba allí algunas flores silvestres. Sus ojos permanecían secos, pero sondeaban la profundidad de la tierra como las barrenas de una plataforma de extracción de petróleo. Allí estaban contenidas todas las preguntas que el niño no le hacía y, a su vez, todas las respuestas. Ángel sentía cierta envidia al verle parado ante aquel montón de tierra.

Tiempo narrativo



Tiempo narrativo  Teoría literaria


Hace referencia a la duración, la sucesión y el orden de los acontecimientos, por lo que este concepto es fundamental en un relato o un drama, ya que éstos necesitan ubicarse en una temporalidad determinada. Por lo tanto todo escritor que se precie, tiene en cuenta esa coordenada abstracta cuando configura aleatoriamente el universo imaginario en el que se mueven los personajes.

Es obvio que ese tiempo en el que se mueven los personajes difiere del tiempo cronológico, en el que sucederían los acontecimientos en la realidad. Es un tiempo creado que el autor manipula a su arbitrio. De hecho, una misma historia de ficción puede ser relatada en diferentes tiempos: en presente, en pasado, en prospección, adelantando acontecimientos, utilizando el <<flash bask>> que remonta a experiencias pasadas, etc. Se trata pues de una categoría abstracta que puede configurarse de diversas formas. Los formalistas rusos, por ejemplo, distinguen un tiempo de la fábula, o sea, el orden cronológico en el suceden los acontecimientos de una historia, y un tiempo de la trama, el orden en el que el narrador los presentas al relatar la historia. G. Genette, por su parte, denomina a este tiempo de la fábula, tiempo de la historia (ahí los acontecimientos siguen un progresión lógico-causal); mientras que el tiempo de la trama, es para él, el tiempo del discurso de la enunciación. Este tiempo adscribe el desarrollo de los acontecimientos a su línea de aparición en el texto del relato.

La Teoría Literaria ha hecho pues hincapié en las relaciones existentes entre este tiempo de la historia y el tiempo del discurso, intentando sistematizarlas. Tanto Genette, como Todorov, han realizado estudios en este campo a partir de las relaciones que se establecen en el orden temporal, la duración o la frecuencia.

Si atendemos a las relaciones que se establecen en el orden temporal, tendremos en cuenta que según como sucedan los acontecimientos en la historia y en el discurso, se pueden producir desajustes, básicamente "prospecciones" o "retrospecciones". La prospección o prolepsis, se produce cuando se adelantan o anteponen acontecimientos que deberían aparecer a posteriori, si atendiéramos al orden lógico de sucesión. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en una novela policíaca, cuando se nos presenta el crimen consumado, que debería ser el desenlace, pero que es situado al comienzo de la obra. La analepsis o retrospección, por su parte, se produce cuando, en el desarrollo de una narración, se introduce otra en la que se relatan acontecimientos anteriores al tiempo de la primera, como sucede cuando aparece una narración dentro de otra, en la que se relata acontecimientos sucedidos en un tiempo inmemorial.

En cuanto a las relaciones de duración, estas parten de la comparación del tiempo que se dedica en el discurso para narrar una acción y el tiempo que ocuparía el desarrollo real de dicha acción en la historia. Todorov, por ejemplo, atiende a las dicotomías que presenta la ralentización de la acción debida a la aparición de descripciones, de lo que sucede cuando se omite la narración de un período de vida del personaje porque no es significativo para el desarrollo de los acontecimientos. Por lo tanto según él podemos encontrarnos en un relato: a) Pausa: cuando al tiempo del discurso no le corresponde ningún tiempo de la historia, por ejemplo, cuando aparecen descripciones o reflexiones; b) Elipsis: cuando al tiempo de de la historia no le corresponde un tiempo en el discurso: p. e., cuando se suprime un período de vida del personaje por ser irrelevante; c) Escena: cuando se produce total correspondencia entre el tiempo de la historia y el del discurso: p.e., en una escena dialogada, en un monólogo, etc.; d) Resumen: cuando en el discurso se condensa el tiempo de la historia: p. e., si en una frase se sintetiza lo sucedido en un período de meses o años; e) Análisis: cuando se amplifica en el discurso el tiempo de la historia: p. e., en el Ulysses de Joyce.

Finalmente también podemos estudiar las relaciones de frecuencia, la intersección entre los acontecimientos de la historia narrados y el número de enunciados del discurso sobre ellos. Todorov observa las disonancias que se producen entre un relato singulativo, en el que un único acontecimiento es evocado en un único discurso; frente a un relato repetitivo o uno, iterativo. En el repetitivo nos encontramos frente a un único acontecimiento, contado desde diversos discursos; por e., cuando un personaje relata de forma obsesiva la misma historia en diversas ocasiones, o cuando diversos personajes cuentan el mismo hecho. Por su parte, si el relato es iterativo, un único discurso evoca diversos acontecimientos semejantes que se repiten.

Otro aspecto que puede tenerse en cuenta, es el estudio sintáctico, propiamente dicho, de los tiempos verbales. En este caso distinguimos entre tiempos narrativos o tiempos de la historia ( el imperfecto, el pretérito perfecto simple y el condicional) y tiempos del discurso a los que circunscribimos el presente, el perfecto y el futuro. Una perspectiva psicológica de tendría en cuenta la disonancia recurrente muchas veces entre el tiempo cronológico de los acontecimientos y la vivencia subjetiva de ese tiempo por parte de los personajes. En La Regenta, por ejemplo, la tarde que pasa Ana en el Vivero con sus amigos se le hace al Magistral interminable. Es lo que sucede también en los momentos preliminares de un encuentro ansiado, ese nimio momento puede resultarle interminable al personaje. En novelas clásicas como Rojo y Negro de Stendhal, el lector percibe cómo se ralentizan los acontecimientos en diversas ocasiones, lo que nos aproxima obviamente a los procedimientos de Miro, Azorín o Proust, que ralentizan las acciones, para observar el proceso psicológico de los personajes.... El lector siente en estos casos, que el huidizo tiempo se apelmazaba hasta que se detiene.







Actividades

Analiza los procedimientos temporales que aparecen en los textos siguientes.

Elige uno de los textos e introduce una continuación que respete los procedimientos utilizados:

  “…. se acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca con aquel Germán, su amigo… ¡Infames! La Regenta sentía rubor y cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de noche –otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia-, apagó la luz… y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. ´Él la abrigaba solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la barca. Ella le había rogado que se abrigara él también, debajo del saco; como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablero de la barca, cuyas bandas oscuras les impedían ver la campiña; sólo veían allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna”.

La Regenta, Clarín.

Anochece. Se oye el traqueteo persistente de un carro; tintinea a intervalos una esquila. El cielo está pálido: la negrura ha ascendido de los barrancos a las cumbres; los bancales, las viñas, los almendros se confunden en una macha informe. Destacan indecisos los bosquecillos de pinos en las laderas. La laguna desaparece borrosa. Y vibra una canción lejana que sube, baja, ondula, planee, ríe, calla…

El campo está en silencio. Pasan grandes insectos que zumban un instante; suena de cuando en cuando la flauta de un cuclillo; un murciélago gira calladamente entre los pinos. Y los grillos abren su coro rítmico, los comunes en notas rápidas y afanosas, los reales en una larga, amplia y sostenida nota sonora.

Ya el campo reposa en las tinieblas. De pronto parpadea a lo lejos una fogata. Y de los confines remotos llega y retumba en todo el valle el formidable y sordo rumor de un tren que pasa…

Azorín.



Esa misma noche cinco hombres sorprendieron a Diego Sauri en la mitad del recorrido que hacía por las casas de sus enfermos. Lo golpearon hasta dejarlo como un montón de trapos, lo ataron de pies y manos y le rompieron la boca con que alcanzó a insultarlos antes de cerrar los ojos que le guardarían para siempre la imagen de una luna inmensa, burlona y amarilla, como la risa de un dios.

Cuando pudo volver a preguntarse qué le estaba pasando, sintió temblar el agua bajo la celda que lo encerraba. Iba en un barco, rumbo a quién sabía dónde y en vez de que lo inundara el miedo, lo estremeció la curiosidad. Por mas que fuera, iba camino al mundo.

Nunca supo cuántos días pasó en aquel encierro. Una oscuridad y otra y muchas le cruzaron por encima hasta que perdió el sentido del tiempo. La embarcación había atracado más de cinco veces cuando el hombre que le llevaba todos los días unos mendrugos le abrió la puerta.

- So here we are- le dijo un gigante rojo mirándolo con toda la piedad de que pudo ser capaz, y lo dejó en libertad.

Here era un helado puerto en el norte de Europa. Varios años y muchos aprendizajes después, Diego Sauri volvió a México como quien vuelve a sí mismo y no se reconoce. Sabía hablar cuatro idiomas, había vivido en diez países, trabajado como asistente de médicos, investigadores y farmacéuticos, caminando las calles y los museos hasta memorizar los recovecos de Roma y las plazas de Venecia.

Ángeles Mastretta, Mal de amores.

Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para asarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró en el dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó en la casa. Un hilo de sangre, salió de debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en su curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió petriles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices ,siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Araranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió en el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

-Ave María Purísima- gritó Úrsula.

G. García Márquez, Cien años de soledad.

Venga claval. Desembucha. Mis padres me engendraron hace muchos años, pero en este momento no tendré más de tres o cuatro meses. Todo está ocurriendo como en un sueño congelado en la placenta de la memoria, en un tiempo suspendido que engendró la caraba de mascaradas públicas e infortunios privados, atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

-¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato?- la voz intempestiva y ronca del hombre se abate de nuevo sobre mi hermano David, los dos enfrente de casa. Hace apenas media hora ha caído sobre el barrio una tormenta atronadora y sombría y ahora, cuando la mañana vuelve a brillar esplendorosa y el aire y la luz se erizan acariciando la piel y los ojos, David se siente otra vez tan delicado y aparente que no le habría importado recibir el imperioso mandato de la autoridad vestido de Shirley Temple con sus tirabuzones rubios, sus hoyuelos en los mofletes y su vocecita de niña viciosilla:

-¿Mande?

-Digo que lo sueltes ya, si es que tienes algo que contarme sobre tu madre… -secretamente encelada, la voz se traba en su propia ronquera y su delirio, pero las palabras suenan sin acritud, en un tono tan poco apremiante e insidioso que, al oírlas, un chico menos malicioso que David Bartra habría tomado como un guiño que buscara complicidad y no como un desafío.

- ¿Me está provocando, sahib?

-¿Qué es lo que sabes?- insiste el visitante-. Sea lo que sea, me interesa. Te escucho.

Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo ante mis ojos. El hombre sigue plantado frente a la puerta de casa con su trinchera gris plegada al hombro, golpea calmosamente el extremo del cigarrillo sobre la uña del pulgar y espera. Pero David percibe la combustión interna del rostro apagado y, antes incluso de recibir la orden, ha visto reflejada fugazmente en sus ojos líquidos y pesarosos la imagen femenina que le conturba; así que ahora guarda silencio, mirándose hacia adentro sin decir lo que también él está viendo, y por un instante, ambos, niño y policía, evocan a mamá esperando el tranvía en el mismo lugar y en idéntica postura, apoyada en la misma farola de la Travesera con el libro abierto en las manos, el mismo ardiente sol en los cabellos y la misma ensoñación en los ojos. Muy bella en su espera ensimismada, nuestra pelirroja no tiene la mirada ni el pensamiento puestos en la página del libro, sino en el humo azul del cigarrillo que sostiene entre los dedos, o tal vez más allá del humo, en algún repliegue funesto de la luz, un sombrajo de mal presagio que sólo ella percibe en medio de la radiante mañana de julio.

-¿Y?

Rabos de lagartija, Juan Marsé


jueves, 21 de julio de 2011

La fiereza de lo accesible Mari Carmen Moreno Mozo

La fiereza de lo accesible      Mari Carmen Moreno Mozo

Donde has nacido
no queda nada
salvo tú misma

¿Con qué varita te convertiría en mago?
¿Cuál te serviría de estímulo?
Y si la consigues
¿te achicarías?

¿Cómo es posible
que en lo más oculto
de su ser exista otro?

En el carcaj de dudas
mengua el triunfo

El aleteo
sueña aventuras


¿Qué fugitiva inocencia
deja migajas
a las gaviotas?

Tienes un agujero roto
en los pantalones

¿Qué te lanza a la yugular?

hogazas de pan
miman tu desnudez,
oídos que te alimentan
sin vergüenza

sin un porqué
caen por la mejilla
tus heridas a puñales.
Me sangran
a mí

Desatas la eternidad y preguntas:
¿Volverías a ser arcilla? 

Sólo sacias la vida
si siembras incertidumbres

el  himen del miedo,
fabrica palabras
para deshojar la rosa

Como fui, como soy, que seré
es lo que quiero ser
sin trampas

¿Por qué la cúpula del trueno
se traga lo inocente?

Mientras el corazón absorbe como esponja
las desventuras
bailas vanidad

Vas y vienes sin espinas
ni almas rotas

¿Y hasta lo inocente
te culparía?

Hasta ese débil acto
accede a tu silencio.

¿Qué nos salva?
¿ Qué almas arrojadizas inventas
para ser feliz?


Si  te mueves a tientas
te perderás los desafíos

Una y otra vez, una mujer
que nazca, inconfundible
de la fiereza de lo accesible


Reseña de Una palabra tuya, Elvira Lindo



Para Elvira Lindo “Una palabra tuya” es una obra muy personal, que fue madurando poco a poco  y que salió a la luz en su aventura neoyorquina. La  escritura de esta novela se convirtió en su momento en una tabla de salvación, un medio eficaz para ahogar la soledad. Dice que mientras  desgranaba la historia, actuaba para sí misma, gesticulaba, hablaba en voz alta, interpretaba a los personajes. Movimientos todos ellos oscilatorios del engranaje de su propia vida, puesto que esta escritora gaditana, afincada en Madrid desde los doce años, trabajó durante años en la radio por lo que ese afán declamatorio por exteriorizar el universo intimo de sus personajes  no le es ajeno. No en vano  Manolito Gafotas, surgió de uno de esos personajes radiofónicos que ella creaba y a los que posteriormente, les ponía voz. 
 Una palabra tuya, es para la propia autora su mejor novela, la más íntima, la que ha salido de las entretelas de su corazón, aunque no sea en modo alguno una novela de fácil lectura, pues se presta, como toda buena lectura, a la relectura, a la reflexión posterior; ahí es donde extraemos su jugo, donde más nos complace. El sentido final trasgrede de las fronteras de la novela, nos ofrece una mirada oblicua de los seres humanos, siempre inmersos en una realidad obcecada por el deseo de ser algo en la vida, por el  deseo de consolarse apropiándose de la miseria de los otros, sintiendo cómo su calor no se difumina o se pierde, pese a que el tiempo es airado y nos impulsa a seguir sin saber hacia dónde ni por qué.
Cuenta la historia de Rosario, una mujer hastiada de su vida, desencantada, que trabaja barriendo las calles y a la que la vida no le ha tratado con estima. Ella exterioriza su ira íntima e increpa a Dios, al mundo, a sus congéneres, sobre una suerte que no entiende. No comprende por qué la vida se ha acartonado hasta el extremo de no parecerle una vida digna, sino una experiencia dolorosa, exenta del mínimo entusiasmo. Ella retrocede en el tiempo y explica los motivos de su desencanto, el carácter apático de su vida, el monótono recorrido que desgrana se circunscribe a un universo frío y exento de calor humano. Nos habla de sus relaciones con su madre, de cómo ella le recuerda una y otra vez, su precocidad, su manida falta para ascender cada peldaño, su aterrizaje temprano en el territorio insulso de la madurez. Las palabras de su madre son como púas candentes y por eso, ella es capaz de encerrarla en un armario sin que la madre ofrezca resistencia, mentirle sobre sus empleos o desear su muerte, cuando la mujer pierde las facultades  y vive en la desorientación perpetua.  Su hermana Palmira, apenas le ayuda, se desentiende de su madre, y se sitúa al margen. Parece una persona más anodina incluso que ella, enclaustrada en un universo familiar asfixiante, que vive en perpetua preocupación por los hijos, pero que no comparte una relación normal con su marido, con el que hace mucho tiempo que ya no mantiene relaciones sexuales.
Frente a Rosario, situamos a Milagros, una amiga de la infancia con la que se reencuentra y que le propone compartir el negocio del taxi. Una vez es despedida por su tío, ambas comienzan a trabajar como barrenderas municipales.  Los ojos de Rosario miran a Milagros por encima del hombro, aparentemente ella es superior, porque tiene más sentido común; mientras que Milagros es más impulsiva e irreflexiva. Su obsesión por protegerla, por ayudarla, por quererla, le parece a Rosario una tara, una incómoda prolongación de su infancia, cuando ella misma veía lo que le hacían a su amiga. A la que mucha gente consideraba la Monstrua.

Sin embargo, Milagros siempre está ahí, es su colchón, un medio para paliar el frío del entorno, una persona que le incomoda, pero que cuida a su madre cuando está enferma y es capaz de amortajarla.  Milagros es una persona instintiva y tierna, que recoge objetos de la basura, recuerdos rotos y los lleva a su casa, mientras que ella se deshace de todo lo que pudiera recordarle a su madre, secretos que se ciernen sobre su espalda y escuecen.
Lindo consigue en todo momento un retrato veraz, rico en matices.  Aunque hable Rosario, al principio casi en un monólogo perpetúo e irónico, poco a poco vamos escuchando la voz de su compañera, que va creciendo hasta volverse nítida y mucho más compleja de lo que en principio nos parecía. Lo cierto es que Lindo hace un retrato de las dos, perfilando en cada nuevo diálogo, en cada movimiento, sus individualidades, hasta el extremo de parecernos que al final se subvierten en cierto modo. Ese retrato cervantino, es lo más logrado de la novela porque las personalidades se bifurcan y contrastan con verdadera maestría. 
El deseo de sentirse querido y aprobado por los otros, el sentimiento de que la vida no es fácil ni justa con las personas, y la ausencia de ambiciones se convierte en los motivos donde cuesta que se encajen los personajes. No solo se nos muestra la relación entre ambas, sino que la autora nos describe el resto de personajes, con trazos simples, pero certeros. De todos ellos destaca además Morsa, conductor de un camión de basuras, con el que la protagonista mantiene una insulsa relación sexual, desvinculada de calor o apasionamiento. Los dos se sienten solos, ambos necesitan experimentar ese contacto para desterrar la locura del aislamiento y la soledad, por eso no se hacen preguntas incómodas y por eso Rosario nos describe su relación sexual de forma descarnada.
Lo que sorprende en todo momento es la credibilidad de los personajes, su pulsión, vida es como la de cualquier otro ser humano,  triste o descarnada. Elvira Lindo no hace concesiones, no enmascara las situaciones; muy al contrario, las retrata con total naturalidad, acopiándose de los coloquialismos, de las  expresiones enfáticas o del argot que acentúan los caracteres de personajes y situaciones. Elvira los deja hablar y pese a la aparente sencillez, intuimos que el lenguaje ha sido construido al milímetro, obviando cualquier retoricismo que entorpecería el verismo o lo encareciera peligrosamente con un sentimentalismo ajeno a la historia.
El acierto de la novela que le hizo merecedora del premio Biblioteca Breve, uno de los más laureados, ha facilitado su adaptación cinematográfica. Dirigida por Ángeles González-Sinde, Una palabra tuya ha sido adaptada al lenguaje fílmico intentando respetar en todo momento el relato de esas vidas corrientes y desencantadas, que buscan en todo momento atisbar pequeños destellos de felicidad, pero sin lograrlo.  Interpretada por Malena Alteiro (Aquí no hay quien viva, Días de Cine), Esperanza Pedreño (“Cañizares” de Camera Café) y Antonio de la Torre (Volver, Azul oscuro casi negro),  la obra se acopia del flash-back para sustituir ese relato en primera persona de la protagonista. Pero aunque consigue un buen ritmo y los actores se esfuerzan para meterse en la piel de los personajes, lo cierto es que la acentuación del patetismo, nos deja un sabor agridulce. Como ocurre en otras ocasiones y aquí también, la película no consigue estremecernos del mismo modo que nos estremecemos cuando leemos la novela, además polariza excesivamente las situaciones para poner el énfasis en un dramatismo exacerbado, mientras que en la novela el ritmo presenta muchas otras modulaciones: encontramos el dramatismo sí, pero también pasajes más amables, donde asoma la ironía, donde los personajes se relajan, para vivir únicamente las situaciones sin apretar los dientes, sin sentirse tan míseros o desgraciados.

Mari Carmen Moreno Mozo

miércoles, 20 de julio de 2011

La chica con pies de cristal", Ali Shaw

Realmente no es extraño que un lector impaciente y siempre ávido de historias que le lleguen al corazón, se sienta hechizado tras la lectura de esta novela. No es únicamente por la historia en sí de una innovación cautivadora, sino también –como siempre ocurre con las historias que perduran-, por la extraordinaria pericia a la hora de contarla. Resulta extraño que Ali Shaw, un autor tan joven y que todavía no cuenta con un elenco de obras que avalen su trayectoria, consiga una perfección tan sublime con su primera obra, hasta el punto de hacernos sentir en todo momento la subversión de un mundo que va desmoronándose mientras sus personajes se debaten entre la determinación y la abulia.


Ida Maclaird regresa al archipiélago de Saint Hauda, un microcosmos asfixiado por los ecos de sus propias historias; historias, personajes y paisaje se mimetizan hasta detenerte, hasta congelarse como el negativo de una fotografía. A ese lugar regresa la joven Ida, acuciada por la necesidad de encontrar soluciones a su extraña enfermedad: sus pies han adquirido la frágil consistencia del cristal; una mímesis que avanza inexorable, una parálisis dolorosa que presagia una muerte inminente.


Los personajes se confunden con un paisaje sobrecogido por una naturaleza salvaje, que acota los sucesos en un espacio melancólico, afín a esas historias mágicas y envolventes que nos hechizaban cuando éramos niños. Una marisma helada, unos animales que escapan al objetivo de la cámara, un bosque que parece embrujar a todos aquellos que se adentran en su espesura, un silencio cortante y doloroso que impide que avancen las palabras, que detiene la pulsión de los sueños y ahoga las emociones. Tanto Midas Crook, el joven fotógrafo con el que Ida mantiene una relación no exenta de fugas y retrocesos, como el resto de los personajes (Carl Maulsen, Emiliana, Henri Fuwa), se debaten en un mundo oscuro, atrapado en su propia desidia. Un mundo que no es más que una cárcel y dónde todos parecen alimentarse por el suero de una verdad que no quieren creerse, de los errores, las trampas y las dudas que los abalanzan una y otra vez a lo que ya se ha ido, y les impiden avanzar. Así le sucede a Midas, con el recuerdo de su padre, que se abalanza una y otra vez sobre su cuerpo, impidiéndole dirigir sus pasos hacia esa tenue luz iridiscente que es Ida, una luz sobrecogedora pero al mismo tiempo imprevisible y triste por su naturaleza enfermiza.


Es llamativo que el autor esté a la altura de la historia que plantea, que abra interrogantes, que juegue con el flashback o nos describa un espacio con tal luminosidad que casi nos obliga a tocarlo, el joven Pulgarcito le pisa los talones al gigante Andersen. La musicalidad, la perfecta adecuación entre el universo mágico y el abismo vivificante de la palabra consigue su objetivo. Una vez acabada la historia, los interrogantes son como llaves que nos son entregadas, teclas que deseamos volver a tocar. Apenas hemos cerrado el cofre del tesoro y ya deseamos introducir nuevamente la llave, queremos mimetizarnos, confundirnos con los personajes, plantar otros árboles, despejar las incógnitas, ¿y no es eso en definitiva lo que le pedimos al hacedor de historias, al narrador que nos cuenta su historia al oído?


Aghata


Eso era lo que aquel sitio estaba haciéndole a ella.


Fuera de casa se sentía a gusto. Prefería tener el cuerpo frío que el corazón. Se llevó a los labios la taza del termo con sopa de tomate caliente, deleitándose con el agrio humo que entraba por sus orificios nasales. Se había puesto unos mitones de lana y una bufanda rojos para combatir el blanco y negro isleño. Pero ésa la historia de aquel lugar y de sus habitantes, acartonados y monocromáticos como los platós y las estrellas de la televisión antes del color. Midas, por ejemplo: ¿qué hacía que una persona fuera rígida en todos los aspectos?

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Isotopías literarias. Corrección, creación y crítica literaria



Mari Carmen Moreno


Escritora, crítica literaria, correctora y profesora


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